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Demócratas y democracia

¿Qué se necesita para ser un candidato demócrata? ¡Ser un demócrata!
04.03.2021 12.00 AM

La riqueza política en una nación libre, que aspira a vivir en un entorno democrático y participativo requiere, por supuesto, de instituciones que favorezcan, impulsen y consoliden este sistema político en todos y cada uno de los aspectos de la vida cotidiana. 

Ningún país que pretenda lograr que la democracia sea parte de su vida y de la realidad de todos sus ciudadanos, puede escatimar esfuerzos y recursos en la generación de instituciones que tengan como finalidad el fomento a esta forma de participación que incluya, al mayor número de ciudadanos posibles en las tomas de decisiones, sobre todo en aquellas que son más trascendentes para la nación. 

En ese sentido, preguntarse cuánto cuesta una democracia es quizás algo que va más allá del ámbito de la retórica, pues todos conocemos que la respuesta obvia es que la democracia no tiene precio y que por consiguiente todo esfuerzo en pro de ella es loable. 

Tal afirmación nos hace entender que no existe una democracia “cara” pues, aunque, a veces no nos sea obvio a primera vista, los beneficios que aporta una cultura democrática a una sociedad son mucho más amplios que aquellos que parecen evidentes y no sólo se limitan a las esferas de elecciones periódicas para puestos políticos. 

No obstante lo anterior, debe entenderse que no sólo son las instituciones democráticas las que ayudan a que esta forma de gobierno impere y bañe a todos los sectores de la sociedad sino que, más importante aún , es que estas instituciones -que en muchas ocasiones son instauradas en un país como México como una copia de lo que se ve en otras naciones y latitudes del mundo- estén dirigidas y manejadas por verdaderos demócratas. 

Triste papel puede generar, por ejemplo, un Instituto Electoral en cualquier parte del mundo qué es controlado por personas que no conciben, ni han asumido una vocación democrática y cuya dependencia a las decisiones del gobierno -o del gobernante en turno- son en ocasiones de una abyección que raya en la esclava sumisión. 

Ejemplos ha habido en todos los continentes, como recientemente en el cono sur de América, concretamente en Venezuela, cuando las elecciones que reafirmaron a Nicolas Maduro en la presidencia, pese a las notorias irregularidades y al evidente fraude, son calificadas como exitosas por quienes están a cargo de la institución electoral, tan sólo por no contravenir los deseos del máximo gobernante. 

México -y ningún país del mundo, ni siquiera aquellos con democracias muy consolidadas, como lo ha demostrado recientemente los Estados Unidos de América- está exento de situaciones similares, es decir, tener buenas instituciones democráticas, pero al mismo tiempo con personas con una baja educación democrática o un nulo respeto por este sistema de gobierno.

Grandes instituciones, como aquellas encargadas de los procesos electorales, como lo es el INE en México (ejemplo en el mundo) o una institución como el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación cuyo origen fue inspirado en instancias similares de democracias tan reconocidas como la francesa o la española sin duda generan importantes aportaciones para la libertad de un país pero, fundamentalmente requieren demócratas en los asientos de su dirección porque si no muy poco o nada pueden hacer en favor de la democracia.

Pero, sin duda, donde encontramos aún más la necesidad de lograr convocar al mayor número de demócratas entorno a una actividad es precisamente en la elección de los candidatos que aspiran a ocupar posiciones de elección popular y por consiguiente, a influir por varios años en las decisiones ejecutivas o legislativas de una nación como México.

Los partidos políticos, que también son instituciones que, en esencia “Rousseauniana”, deberían ser también baluartes de la democracia de un país y no buscadores de prebendas y cuotas de poder, deberían cuidar enormemente este proceso de elección de candidatos que, no solo representan los colores de su agrupación política, sino también, la calidad de la democracia y del gobierno que formaran en los años subsiguientes.

¿Qué se necesita para ser un candidato demócrata? La respuesta es fácil.... ¡Ser un demócrata! , pero esto, que nos podría parecer obvio, en México sólo se considera como una cualidad extraordinaria, pues lo que de verdad sí se reconoce en un candidato, es su popularidad, la capacidad de “acarreo” y del control que tenga en el entorno para el cual va a ser elegido.

Recientemente en México hemos escuchado, desde las más altas tribunas políticas de nuestra nación, cómo se defiende algunos perfiles de candidatos que siendo afines al gobierno tienen notorios impedimentos para ser candidatos, y para los cuales, en su defensa, se esgrime -como si el tecnicismo de ley pudiera subsanar la podredumbre de un aspirante a un puesto político- que mientras no haya sentencia en firme en contra un determinado candidato se puede ejercer como tal.

Tal aseveración pudiera parecer, a primera instancia, una correcta visión si no fuera porque dicha aseveración -hecha por gente que ocupa posiciones a nivel ministerial- hacen ver que la necesidad de demócratas en nuestra nación sigue siendo urgente y que es precisamente en demócratas donde tenemos un importante déficit humano.

Son, ese tipo de personas, que defienden a candidatos que son acusados por muchas y muy reprobables acciones, las que olvidan que antes de una sentencia judicial en favor o en contra -por ser inocente o culpable de lo que se le acusa- debe prevalecer otro principio fundamental en la sociedad y que es gozar de BUENA FAMA PUBLICA, lo que por supuesto no existe. 

Así pues, se conjugan características de personas con poca vocación y amor por la democracia que, en conjunto, buscan cualquier tecnicismo legal que permita la llegada de un candidato “afín” al gobierno aunque, por otra parte, tenga múltiples imputaciones de índole delictiva e ignorando la importancia de una buena preparación para ocupar un puesto público que tendrá trascendentes y graves consecuencias sociales o también en favor de la popularidad de determinada persona -aún con el reconocimiento de ella misma de sus propias incompetencias e incapacidades- pero que goza de ser famosa por haber participado en una comedia con un efímero éxito de moda.

En todo caso, triste papel tiene la democracia en este país cuando, a falta de buena fama pública, que no parece importar a muchos, se requiere ser “patiño de opereta” de un vodevil para llegar a un puesto de importancia para la nación.

Luis Miguel Pérez-Juárez es especialista en negociación y vinculación política del gobierno federal y estatales con agrupaciones sociales, colectivos civiles y cámaras sectoriales, así como legislativas. Especializado en negociación hostil, resolución de conflictos, vinculación y solución de crisis. ex Director de la Escuela de Política Pública del ITESM. Correo: luismipj@tec.mx

“La necesidad de demócratas en nuestra nación sigue siendo urgente y que es precisamente en demócratas donde tenemos un importante déficit humano.”



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