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VíCTOR KERBER
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VíCTOR KERBER

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La Política Exterior, un ámbito extraviado

México ha perdido el lugar de respeto que llegó a tener en la materia
09.05.2012 12.00 AM

Si bien es cierto que hay diversos ámbitos de la política pública (fiscal, laboral, educación, desarrollo industrial, incluso el ámbito electoral) que permanecen en el rezago, la política exterior es quizás uno de los más lacerados por la falta de una estrategia nacional clara y consistente. Sencillamente, desde los tiempos de Ernesto Zedillo cuando el TLCAN pasó a ocuparlo todo en el quehacer internacional de México, la política exterior se encuentra extraviada, sin definiciones y proclive a la reactividad más que al activismo.

Poco a poco se han ido deteriorando los fundamentos tradicionales de nuestra cara externa de la política, aquella que nos enorgullecía cuando los diplomáticos mexicanos asumían posturas firmes y desafiantes frente a las actitudes de las grandes potencias; aquella que generaba consensos nacionales. Llevamos ya casi veinte años de alineamiento con las posturas de Washington, si no es que franco servilismo, y la realidad es que México ha perdido el lugar de respeto que alguna vez llegó a tener en las relaciones internacionales.

Destacable, por grotesco, fue aquel memorable episodio ocurrido en la Cumbre Mundial para el Financiamiento al Desarrollo llevada a cabo en Monterrey, en marzo de 2002, cuando el presidente Vicente Fox prácticamente despachó a Fidel Castro para complacer a George W. Bush. Recuerdo haber conversado en aquellos años con el embajador Gustavo Iruegas, entonces Subsecretario de Relaciones Exteriores, y me dijo que jamás en su vida diplomática se había sentido tan avergonzado de un Presidente mexicano. Y mire que hubo mandatarios que cometieron desatinos, como cuando Echeverría se amarró del brazo de la reina Isabel II en una visita de Estado.

El presidente Calderón, pese a que cuenta con una Canciller surgida de las filas de la carrera diplomática, tampoco ha tenido la capacidad de reorientar el rumbo del país hacia posiciones autónomas en el ámbito internacional. Los gobiernos de la llamada transición democrática de plano no fueron capaces de generar una doctrina propia, es decir, una política pública equivalente a lo que en sus respectivos momentos fueron las doctrinas Estrada, Carranza, Cárdenas o Díaz Ordaz.

Calderón no sólo no ha sabido o no ha podido generar una base doctrinal, sino que incluso acabó por esquilmar el quehacer diplomático de México con la designación de militantes de su partido en los máximos escalafones de las misiones diplomáticas. El ser amable, decente y buen cristiano no hace al diplomático, y pese a ello vemos empotrados en posiciones de mando a personajes como el empresario Francisco González Díaz como embajador en Alemania; el militante panista Alejandro Díaz y Pérez como embajador en Austria; el ex gobernador de Chihuahua, Francisco Barrio, en Canadá, y a Jorge Guajardo, para quien los chinitos no son más que personajes curiosos, no ciudadanos de una nación pujante, como embajador en China.

Podría enumerar muchos otros casos como el de Jorge Zermeño, quien gozó de una desahogada luna de miel de cinco años al frente de la misión en España, o el de Eduardo Medina Mora, quien encontró refugio en la Embajada de México en Gran Bretaña después de fungir como Procurador, pero prefiero subrayar el hecho de fondo: no hay visión, no hay oficio, y los cierto es que las relaciones exteriores de México se hallan a la deriva.

Será pues tarea imperiosa del gobierno que asuma la conducción del país en diciembre próximo, definir una política exterior integral. Resulta irónico que en tiempos de globalización, en tiempos de Internet, México no cuente con una postura englobante en sus tratos con el exterior; una postura que denote autenticidad, gallardía, talento y actualidad.

Abundan los estudiosos de las relaciones internacionales, porque vaya que se han multiplicado en México las universidades que dicen enseñar esa carrera, y sin embargo, muy poca es su contribución a la realización de una nueva doctrina para las relaciones exteriores de una nación que con todo y que pierde competitividad internacional según las estadísticas mundiales, está próxima a ser sede de la reunión cumbre del G-20 en junio próximo.

¿Qué tendría que tener una doctrina de política exterior? Obviamente tendría que confluir con la estrategia de desarrollo nacional, aunque asimismo tendría que recoger nuestras experiencias históricas, nuestros privilegios geopolíticos y nuestra visión hacia un mundo interconectado y a la vez degradado por los abusos en materia ecológica.

*El autor es Doctor en Economía del Desarrollo (Universidad de Sofía de Tokio, Japón), Maestro en Relaciones Internacionales (Universidad de Sofía de Tokio, Japón) y Licenciado en Relaciones Internacionales (El Colegio de México). Se ha desempeñado como investigador académico de tiempo completo en el Centro de Estudios de Asia y África de El Colegio de México, además de catedrático en esa institución. Ha dictado cursos en diversas instituciones como el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y la Universidad de Filipinas, y fungió como investigador especial del Centro de Investigaciones Económicas de la UANL. Actualmente es profesor de planta del Departamento de Comunicación del Tecnológico de Monterrey, Campus Monterrey.

“Los gobiernos de la llamada transición democrática de plano no fueron capaces de generar una doctrina propia”



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