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"TLATELOLCO-AYOTZINAPA TRAZA LA HISTORIA DE DESCOMPOSICIÓN DEL ESTADO MEXICANO"

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Aquello por lo que se manifestó hace cinco décadas sigue siendo la gran asignatura pendiente de México; La conmemoración del movimiento estudiantil obliga volver a esos sucesos
01.10.2018 12.00 AM

De Tlatelolco a Ayotzinapa puede trazarse la historia de la descomposición del Estado autoritario a uno fallido, por lo menos en algunas regiones de México, sostuvo la doctora Teresa Santiago Oropeza, investigadora del Departamento de Filosofía de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) durante su participación en el Coloquio Actualidad del 68: universidad, juventud y política 50 años después, que lleva a cabo esta casa de estudios.

La conmemoración de cinco décadas del movimiento estudiantil de 1968 obliga a volver a esos acaecimientos, desde la distancia del tiempo transcurrido, para develar la posible continuidad con otros acontecimientos que han marcado el devenir del país, como el caso de los 43 jóvenes normalistas desaparecidos en Iguala, Guerrero, en 2014.

La vinculación de ambos sucesos no es en absoluto arbitraria, si se considera que los relatos de los normalistas que sobrevivieron a lo ocurrido el 26 de septiembre de hace cuatro años y cuyo periplo inició en Chilpancingo y terminó en Iguala, con el fin de hacerse de camiones para asistir en la Ciudad de México a la marcha del 2 de octubre, recordó.

Ese dato no es mera anécdota, sino “a mi parecer un hecho fundamental para entender el vínculo que une a los jóvenes normalistas de Ayotzinapa” con el movimiento estudiantil del 68, pues al conmemorar la matanza de Tlatelolco ellos lo traen al presente y en la consigna “2 de octubre no se olvida” reafirman el valor de la memoria.

Si bien cada momento histórico es único e irrepetible para los normalistas, lo acontecido hace 50 años es un referente con el cual pueden identificarse, a pesar de las diferencias entre uno y otro.

“No se trata de que conocieran a fondo la historia del movimiento, sino que para ellos el 68 forma parte de una larga disputa en contra de la opresión y la explotación” que se remonta en el pasado hasta los héroes insurgentes, por lo que “no es extraño, en ese sentido, que los jóvenes de Ayotzinapa conciban su lucha en continuidad con la revuelta estudiantil”.

Esos depósitos de experiencia no vienen dados por el conocimiento profundo de un suceso o por un vínculo ideológico-político, sino por lo que un acto histórico representa o simboliza, en este caso el derecho a disentir, el compromiso con los ideales y la lucha permanente para producir un cambio, a sabiendas de que en este proceso el conflicto, la violencia y la represión son inevitables.

Al abordar el tema del tipo de violencia que se ejerció en la masacre de 1968 y en la noche de Iguala casi 50 años después, la académica de la Unidad Iztapalapa señaló que la desplegada contra los estudiantes en distintos momentos de las movilizaciones, de los cuales Tlatelolco constituye el punto más alto, fue la manifestación de una de tipo estructural, es decir, “un amplio sistema de violencia legal institucionalizada que el Estado y la sociedad confunden con la paz social”, dijo citando a Carlos Montemayor.

La violencia física a través de policías, granaderos e incluso el ejército fue el resultado natural de esa fuerza sistémica que no siempre se manifestó con tanta brutalidad, pero como la legitimidad de las instituciones del Estado fue cuestionada, se vieron forzadas a dar una respuesta.

La doctora Santiago Oropeza consideró que si bien hay muchas zonas oscuras en cuanto a quiénes iniciaron la balacera que acabó siendo dirigida a la muchedumbre en la plaza, no hay duda de que el responsable fue el Estado, como el propio Díaz Ordaz ufanamente reconoció, pero también porque fue la violencia sistémica la que en el fondo hizo posible esa respuesta.

Medio siglo después surge la consigna “Fue el Estado” a propósito de la desaparición de los normalistas. Esta vez los jóvenes no representan un peligro para el Estado; sin embargo son igualmente objeto de una violencia desmedida.

De acuerdo con la investigadora, algo queda del Estado autoritario que no ha terminado de desmoronarse en 50 años, pero la novedad es que ahora ha sido cooptado en algunas regiones por los grupos del crimen organizado.

La violencia que terminó en la desaparición de los estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos, la que ha sido reconstruida a través de los relatos de los sobrevivientes y la investigación de grupos independientes, estuvo montada en combinación con estos y otros factores.

La sentencia “Fue el Estado” apunta certeramente a que la desaparición de los muchachos es un capítulo más de la violencia de Estado que produjo la matanza de Tlatelolco.

Si en Tlatelolco el Estado ejerció no la violencia legítima de la cual se supone tiene el monopolio, sino una ilegítima y desmedida, Iguala representa la renuncia de aquél a ejercer su papel de garante de la seguridad ciudadana, pues no sólo no impidieron la violencia contra los normalistas, sino que se sumaron a la misma para, finalmente, ceder a los criminales el destino de los jóvenes.

Para la académica lo sucedido en Iguala la noche del 26 de septiembre de 2018 y que hoy cumple cuatro años “revela los signos más ominosos de aquél 2 de octubre de hace 50 años”.

Tragedias vinculadas a la gestión social de la memoria

La conmemoración de las tragedias de Ayotzinapa y de Tlatelolco, cuatro y 50 años después de ocurridas, tiene que ver con la “gestión social de la memoria y con cómo nos relacionamos con hechos del pasado que no han recibido sanción y demandan solución”, afirmó el escritor Juan Villoro en la Unidad Iztapalapa de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM).

En la misma fecha, cuatro años después, de la desaparición de 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, Guerrero, el doctor Honoris Causa por la UAM confió, luego de guardar un minuto de silencio junto con la comunidad universitaria reunida en el Auditorio Sandoval Vallarta, en que la comisión de la verdad que el próximo gobierno de México designará para indagar este suceso logre mejores resultados que la similar dedicada al movimiento de 68, por tratarse de crímenes de genocidio que no prescriben.

Al impartir la conferencia magistral 1968: el pasado de una ilusión, luego de ser presentado por el doctor Luis Leñero Otero, del Departamento de Sociología de la Unidad Iztapalapa, consideró relevante relacionar las deudas pendientes del pasado con las más recientes, como la de Ayotzinapa, porque se trata “y hay que recordarlo siempre”, de casos emblemáticos.

Sin embargo, uno de los peligros es que se considere que sean los únicos que han ocurrido y, de alguna manera, monopolicen la indignación y el dolor, un riesgo en el que estaban los acontecimientos de 1968, que debieron ser puestos en un contexto de injusticias, junto con otros agravios semejantes.

En México “desgraciadamente aprendemos geografía por las tragedias y sabemos dónde está Aguas Blancas, Tetelcingo o Acteal a través de matanzas que han ocurrido en esos lugares, aunque todas merecen una respuesta que sólo se podrá dar cuando tengamos otro tipo de sociedad, si acaso logramos construirla entre todos”.

El pasado de una ilusión, de Francois Furet, refiere la historia del movimiento socialista tomando en cuenta que su desenlace fue crítico y anticlimático, en el sentido de que las ilusiones que despertó la búsqueda de la aurora desembocaron en el totalitarismo en países socialistas, refirió el Egresado Distinguido de la Casa abierta al tiempo.

El 68 no se trata de una ilusión vencida porque no podía tener acomodo en la realidad, sino de una ilusión pospuesta, que tiene vigencia en la medida en que sus principios e ideales no se cumplieron del todo.

Una de las grandes paradojas de los movimientos sociales es que mantendrán actualidad siempre que sus proclamas no acaben de ser satisfechas, como la Revolución Mexicana que, como señala el historiador Friedrich Katz, extrañamente es la única del Siglo XX que sigue teniendo consignas que se diputan como herencia distintos sectores sociales, debido a que sus propósitos no se cumplieron.

Los partidos Revolucionario Institucional y de la Revolución Democrática, e incluso el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, siguen reclamando esa herencia, en tanto que el Movimiento de Regeneración Nacional apela a la idea de regeneración, precisamente, señalada por el anarquismo, un elemento central de la Revolución Mexicana, de acuerdo con los hermanos Flores Magón.

Ese pasado se busca recuperar porque no se ha cumplido y “cuando decimos 2 de octubre no se olvida nos remitimos a una tragedia que no debemos soslayar, pero al mismo tiempo, a la asignatura pendiente que surgió entonces y que está relacionada con planteamientos que aún no logramos poner en práctica en una sociedad más digna y más justa”.

En perspectiva, el movimiento de 1968 parece realmente moderado, ya que sus lemas, consignas y propuestas esenciales tenían que ver con el respeto a la Constitución, la libertad de presos políticos, el diálogo público con el presidente, la destitución de ciertos mandos que reprimieron a los estudiantes y la desaparición del cuerpo de granaderos.

Aunque eran planteamientos democráticos y liberales, los protagonistas fueron estigmatizados como comunistas y conspiradores desde el exterior para impedir las Olimpiadas, “pero lo que buscaba esta lucha fue, sin duda, democratizar al país y establecer un estado de derecho que hasta la fecha no tenemos.

“El 68 fue algo que a distancia podemos ver como una proposición moderada, aunque radical, si se toma en cuenta que no se ha cumplido y es ahí donde la herencia de lo sucedido hace 50 años tiene una fuerza muy grande y donde su herida abierta reclama una solución”.

En una democracia incluyente que permitiera la participación de toda la gente, los planteamientos del 68 estarían en entredicho y, en esa medida, al decir “2 de octubre no se olvida”, no sólo “estamos recordando la Noche de Tlatelolco y la tragedia de entonces, sino que necesariamente esa ilusión del pasado aterriza en el presente y nos reclama una actitud de transformación”, porque aquello que se manifestó hace cinco décadas sigue siendo la gran asignatura pendiente de México.

El 68 quedó como un mito entre el martirio, el silencio y el impulso de la democracia

La generación de 1968 adquirió cierta potencia ideológica en México al dominar cultural y políticamente la narrativa oficial de la transición democrática, “pero ahora el problema es que ya no nos significa porque ya no describe la realidad económica, social y de Estado”, sostuvo el doctor Claudio Lomnitz-Adler, académico de la Universidad de Columbia, Estados Unidos.

Después de realizar el pase de lista de los 43 normalistas de Ayotzinapa desaparecidos hace justo cuatros años, subrayó que la matanza perpetrada en la Plaza de las Tres Culturas derivó en la construcción social de los jóvenes como mártires, más que como víctimas, que, de hecho, no supieron que estaban arriesgando sus vidas al acudir a la manifestación convocada en ese sitio el 2 de octubre.

Al movimiento estudiantil del 68 y a los desaparecidos en Iguala “les hemos otorgado un sentido mítico en el que se coloca al gobierno y a la sociedad emancipadora como antagonistas, y al pueblo como el personaje bueno que busca un mejor futuro, ya que así ha sido más fácil ubicar a un culpable”.

Al participar en el Coloquio Actualidad del 68: universidad, juventud y política 50 años después, que organizó la Unidad Iztapalapa de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), apuntó que se trata de una perspectiva que se alimentó todavía más en la década de 1980, con la experiencia social del terremoto de 1985, cuando de nueva cuenta la sociedad sobresalió por encima del gobierno.

Sin embargo, los más de 230 mil muertos que van desde el inicio de la llamada guerra contra el narcotráfico, sumados a los cuerpos hallados en las incontables fosas clandestinas en todo el país, difuminan esa dicotomía, “ya que no estamos seguros de si el Estado asesinó a esas personas, a las cuales ya ni se asigna un número y tampoco se habla de la muerte exclusiva de estudiantes.

“No podemos enterrar bien a esos muertos que superan por mucho a los estimados en la matanza de Tlatelolco y aunque no sabemos cuántos fueron en 1968, lo que pasa es que se trata de una herida colectiva y no de un número real, ya que como sociedad seguimos aferrados a ellos, pues sus decesos han sido sentidos como un sacrificio ante la incomodidad de los hechos”, enfatizó el antropólogo social por esta casa de estudios.

Al impartir la conferencia magistral El 68, ¿punto de fuga? –introducida por el doctor Luis Reygadas Robles Gil, investigador de la Unidad Iztapalapa de la UAM– opinó que todo esto obedece a una fragmentación del poder, que ha dado paso a un Estado débil y, por otro lado, a una sociedad con pulsiones libertarias que no sabe ubicar muy bien su tiempo y espacio en la historia.

El representar lo que sucedió en Ayotzinapa se ha complicado de igual forma, ya que debido a esa división “vemos una fracción del poder que se ha privatizado y ha sido tomada por organizaciones que controlan a las comunidades a nivel local”.

Por eso “nos cuesta asimilar a los muertos y ahora se transforman en basura, como los hallados en los tráilers abandonados en Jalisco”, comentó a la comunidad reunida en el Auditorio Manuel Sandoval Vallarta de la Unidad Iztapalapa de la UAM.

Lomnitz-Adler urgió primero a revalorizar la vida, pues “no hay un conteo serio de todos los cuerpos, cada uno de ellos corresponde a un número, porque los encontrados son incluso de prostitutas o de otro tipo de ciudadanos que ya no sabemos si vale la pena recordar, además de que creo que se trata de los muertos que arrojó un sistema que ya pasó por su transición democrática”.

También llamó a mejor convertir esta conmemoración sobre el 68 en una verdadera meditación crítica para entender la situación actual, a dejar de utilizarla como una piedra de toque porque simplemente es insuficiente y no encaja ya con la época actual y “sólo nos sirve para entender cómo se construyó la mitología política del país en el que crecimos, que rimaba con Madero y Juárez”.

La presencia del neoliberalismo fue otro elemento que ayudó a la construcción del proceso democrático y aunado al adelgazamiento del Estado se produjo un cambio que apareció como reclamo social, con efectos quizá no intencionados, pero “nos cuesta trabajo contarlos”.

Hace falta desempolvar el archivo lopezportillista que está en peligro de quedar como una de las joyas de la geología mexicana, al quedar enterrado por el naufragio que sufrió la nación en 1982, con la llegada de las crisis marcadas por la devaluación del peso y la de la alternativa comunista, finalizó.

“La conmemoración de ese movimiento debe ser una meditación crítica para entender el presente.”

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