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LAS VIOLENCIAS EN MÉXICO Y AMÉRICA LATINA SE HAN DESBORDADO

Las violencias en México y América Latina se han desbordado
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Han estallado, no tienen continente, están desbordadas y su matiz es grotesco, burdo, absurdo y siniestro; estamos ante una ausencia cada vez más notoria del Estado en cuanto a sus funciones sociales
01.10.2018 12.00 AM

Las violencias que se viven en México y el resto de América Latina, en las que está involucrado gran número de jóvenes, “han estallado, no tienen continente, están desbordadas y su matiz es grotesco, burdo, absurdo y siniestro”, expresó el doctor Alfredo Nateras Domínguez al participar en el Seminario Antropología y violencias, organizado por el Posgrado en Ciencias Antropológicas de la Unidad Iztapalapa de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM).

El investigador del Departamento de Sociología de la Unidad Iztapalapa, quien desarrolló el tema De la criminalización de las juventudes al ¿“juvenicidio”?, propuso este último concepto para referir la situación que ese sector de la población latinoamericana enfrenta, ante la precariedad de sus entornos no sólo en términos simbólicos, sino materiales.

Los contextos más significativos que dan tesitura y cualidades a estas juventudes contemporáneas los dan “dos rostros”, no sólo el de la precariedad simbólica en términos de enfrentar cada vez más déficits de capitales sociales y culturales, sino material en relación con el hecho de que en México hay más de 60 millones de pobres.

También da cuenta de esta precariedad lo que el doctor Nateras Domínguez denominó como la desinstitucionalización respecto de aquellas instancias que constituían al sujeto social, tales como la familia y la escuela, pues “estamos ante el desdibujamiento del Estado benefactor y una ausencia, cada vez más notoria, en cuanto a sus funciones sociales, “es decir, que esa instancia y sus instituciones ya no están siendo modelos identificatorios para estas juventudes”.

Para el investigador los sujetos o actores que están ocupando ese vacío y llegando a esos espacios “de una forma emergente y que están proveyendo ciertos marcajes en la configuración de esos modelos identificatorios” son el narcotráfico y el crimen organizado.

Otro aspecto que se añade a los anteriores es el de las violencias, especialmente las de muerte “y en ese sentido he construido una metáfora de tal suerte que a mi entender que aquéllas en el caso mexicano y latinoamericano se han estallado, no tienen continente, se han desbordado, y entonces su matiz es lo grotesco, lo burdo, lo absurdo, el horror, lo siniestro”.

Así que “estamos ante un mercado o festival de las violencias de muerte en términos de su representación y significación en los espacios mediático y público, y en las narrativas institucionales”.

Del año 2000 a la fecha han muerto violentamente más de 230 mil personas en México, 150 mil de ellas eran jóvenes y la mayoría hombres; Susan Sontag decía que la guerra y la violencia son cuestión de hombres, pero de ello 75 mil son jóvenes matándose entre sí. Además las desapariciones forzadas han alcanzado una cifra que oscila entre 36 y 37 mil.

Nateras Domínguez consideró la pertinencia de “reinvertir el análisis teórico metodológico respecto a la narrativa de que las juventudes son violentas”, y si bien una parte de ellas la ejercen y otras la padecen, “actualmente las de México y América Latina padecen más las violencias”.

El discurso teórico e incluso también el antropológico ha saturado la mirada cuando estudia la violencia ligada a los jóvenes y visibiliza más cuando se ejerce que cuando se padece, en ese sentido “mi apuesta etnográfica es invertir ese eje de análisis para visibilizar, sin negar que la ejercen, que la padecen más”.

La criminalización no pasa para todas las juventudes, pues “si eres joven hombre o mujer, un poco indígena, afro, mestizo, medio negroide, si vives en Iztapalapa o Ecatepec, o cualquier barrio de la Doctores, además sospechoso de ser pobre “y tu estética corporal afea el paisaje neoliberal, tienes muchas posibilidades de ser detenido por los cuerpos de seguridad del Estado”.

En ese contexto, el juvenicidio es un concepto que hay que discutir, José Manuel Valenzuela, quien lo instauró refiere que tiene que ver con la muerte artera por la condición juvenil, pero no sólo en relación con su materialidad, sino también con una cuestión simbólica.

Apelando a un ejercicio de memoria colectiva por evitar el olvido y la insensibilidad social de estas violencias con signos de muerte que causan una inimaginable angustia miedo, incertidumbre rabia, indignación, tristeza y depresión social, recordó la represión contra estudiantes de 1968 y el halconazo en 1971, la matanza de Aguas Blancas en 1996, la masacre de Acteal Chiapas o la del Bar News Divine.

Además de San Fernando Tamaulipas donde fueron asesinados 72 inmigrantes de Centro y Sudamérica; en Villas de Salvárcar en Ciudad Juárez con 16 estudiantes asesinados, en Boca del Río Veracruz 2011, 35 ciudadanos ejecutados; en la Ciudad de México 13 jóvenes levantados y eliminados; en Tlatlaya, Estado de México, 22 jóvenes ejecutados por el ejército y 43 jóvenes desparecidos en Ayotzinapa, Guerrero.

Luego de mencionar casos similares en Colombia, Argentina, Brasil, Nicaragua, El Salvador y Honduras, dijo que en el imaginario de instituciones y autoridades, estos jóvenes los hacen fracasar y, por lo tanto, habrá que desecharlos. Sin embargo para estas juventudes el Estado y las instituciones son las que han fracasado ante la obligación de ofrecerles mejores condiciones de vida.

El foco de la seguridad ha pasado de los estados a las personas

En su libro La cara oculta de la inseguridad en México, el doctor John Gledhill, catedrático emérito de la Universidad de Manchester, problematiza el carácter transnacional de la inseguridad y advierte que el foco de la seguridad ha pasado de los Estados a las personas, percibidas como peligrosas por el fenómeno denominado segurización, aseveró la doctora Margarita Zárate Vidal.

En sus comentarios a la publicación, la coordinadora del Posgrado en Ciencias Antropológicas de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) destacó la posición del autor que parte de explorar el nexo desarrollo-seguridad y de un análisis que plantea que los problemas de la segurización –entendida como las medidas extraordinarias que el Estado adopta para garantizar la seguridad– también son generados por un desarrollo capitalista desigual y por la lógica del mantenimiento del proceso de acumulación capitalista.

Dicho acopio requiere de una constante extracción de recursos “y una de las implicaciones de esto es ocuparse de las poblaciones incómodas”, de acuerdo con Gledhill, quien fue invitado a la Casa abierta al tiempo por el Departamento de Antropología y el Posgrado en Ciencias Antropológicas de la Unidad Iztapalapa.

Una tesis que atraviesa su reflexión, relevante en las circunstancias actuales de México, es que las entidades no sólo son incapaces de resolver los problemas que las propias personas ven como amenazas a su seguridad, sino que de hecho los agravan.

Las políticas en la materia en México, la guerra contra los cárteles de la droga y la captación de algunas fuerzas de policías locales por parte de la delincuencia organizada han proporcionado el pretexto para una participación militar más profunda en la labor policial.

Del texto de Glendhill, la investigadora de la UAM también abunda en la caracterización que el autor hace de la violencia experimentada en México, como una nueva guerra, “entrando a la polémica actual de cómo se debe nombrar este fenómeno”.

En todo caso, como dice el autor, no es ninguna novedad en la historia de América Latina y de ello dan cuenta las historias regionales de Guerrero, Michoacán y Veracruz, entre otras entidades mexicanas.

Su preocupación radica en el cambio revelador que implica, sobre todo en México, no sólo la proliferación de organizaciones violentas, sino las relaciones cada vez más sombrías y ambiguas entre dichas estructuras, el Estado y el capital, en una sociedad democrática.

El caso de Guerrero, por ejemplo, es explorado por el autor, a partir del aniquilamiento sistemático de grupos armados, guerrillas y de un número de civiles significativo que no llevó a la pacificación a largo plazo en la entidad, “así, una generación murió o desapareció, pero no así los problemas que provocaron la insurgencia” y ésta fue relegada a una posición marginal en el discurso de la seguridad pública por las amenazas planteadas.

Por ello algunos analistas comenzaron a denominarla insurgencia criminal, sin embargo, como enfatiza el doctor Gledhill, resulta fácil pensar en los cárteles de la droga como involucrados en alguna clase de alzamiento contra el Estado o contra los grandes intereses económicos.

“Esto nos recuerda como antropólogos que las principales víctimas de la violencia de los traficantes en Guerrero y en muchos otros lugares son los mismos campesinos indígenas y los numerosos pobres que durante mucho tiempo han sido victimizados también por otros actores poderosos”, precisó Zárate Vidal.

El doctor Gledhill comentó que este volumen fue publicado originalmente en inglés con el título La nueva guerra contra los pobres, donde reflexiona acerca de las condiciones que se constituyen en la crisis de inseguridad y violencia en Brasil y México.

La cara oculta de la inseguridad en México sirve de punto de partida para entender la relación entre “la nueva guerra contra los desfavorecidos y la violencia actual desmedida”, en la que el Estado es cómplice de terratenientes, empresas extractivistas y corporaciones que se vuelcan contra los movimientos de resistencia, y es responsable del asesinato de líderes sociales, ecologistas y periodistas, en medio de una criminalidad que es síntoma de un capitalismo despiadado.

“El foco de la seguridad ha pasado de los estados a las personas”

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