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CRECIMIENTO URBANO AGUDIZA LA CRISIS MEDIOAMBIENTAL

Crecimiento urbano agudiza la crisis medioambiental
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Las ciudades del mundo ocupan tres por ciento de la superficie terrestre, pero consumen entre 60 y 80 por ciento de la energía del planeta
06.09.2018 12.00 AM

Las ciudades del mundo ocupan tres por ciento de la superficie terrestre, pero consumen entre 60 y 80 por ciento de la energía del planeta, producen 75 por ciento del CO2 que se emite a la atmósfera y son destino de millones de personas que huyen de la pobreza y desigualdad que afecta las zonas rurales en los países subdesarrollados, sostuvo Graciela Carrillo González.

La Zona Metropolitana del Valle de México (ZMVM) se encuentra en el décimo lugar entre las metrópolis más pobladas del mundo y el primer lugar en América Latina, explicó la profesora-investigadora del Departamento de Producción Económica de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM).

Al dictar la conferencia La ciudad y la crisis ambiental como parte de las actividades de la Semana por el Descrecimiento organizada por la Unidad Xochimilco, expuso que sobrepoblación, abasto de agua, pérdida de vegetación, emisiones a la atmósfera y generación de residuos son los cinco temas a los que hay que poner mayor atención cuando se habla de crisis ambiental en las urbes.

La doctora en economía por la Universidad de Barcelona señaló que la ZMVM es habitada por 22.2 millones de personas, lo que genera serios problemas de movilidad, ya que en el Sistema de Transporte Colectivo Metro circulan diariamente 5.5 millones de personas y hay alrededor de cinco millones de unidades en el parque vehicular, lo que implica una mayor demanda de servicios.

La desmesurada construcción de edificios también suma conflictividad a la calidad de vida de la ciudad y el argumento de las autoridades es que resulta más viable crecer hacia arriba que hacia los lados, porque extender los servicios es muy costoso y termina convirtiéndose en lo que en la década de 1970 se denominaba cinturones de miseria, es decir, áreas sin urbanización y sin servicios.

El consumo de agua en la metrópoli es alarmante: entre 256 y 366 litros por día, por persona, por lo que “estamos por encima del promedio que define la Organización Mundial de la Salud y somos el quinto país en el planeta que más utiliza el vital líquido, pues del total que se consume, 80 por ciento se va al drenaje y sólo 30 por ciento es para beber”, puntualizó.

La distribución es por demás desigual, ya que por ejemplo las personas con un nivel socioeconómico bajo de las delegaciones Iztapalapa y Tláhuac toman un promedio de 128 litros per cápita, mientras que en Cuajimalpa o Miguel Hidalgo asciende a 567 litros diarios por persona.

Otro problema es la falta de vegetación en las zonas urbanas, en 2016 se pronosticaba que en 14 años desaparecerían las últimas áreas arboladas de la Ciudad de México y eso es debido al mal manejo forestal; “de hecho, un asunto grave urbe es que los árboles contienen plagas y aunque se ha atendido el asunto, está lejos de solucionarse”.

El tema de las emisiones es el que más se ha tratado y mucho de lo que se genera es por el enorme parque vehicular –cinco millones de unidades circulando– y por la concentración de 30 por ciento de plantas industriales dentro de la metrópoli, afirmó en el Auditorio un Paseo por los Libros del pasaje Zócalo-Pino Suárez.

En relación con la basura a diario se produce un kilo y medio por persona, lo que representa 33 mil toneladas por día en la ZMVM. Aunque hay sistemas de recolecta y rellenos sanitarios, sólo uno se encuentra en la Ciudad de México, que desde 2011 se considera que ya rebasó su capacidad.

La doctora Carrillo González reconoció que se ha desarrollado una dinámica de separación de residuos, lo que ha generado algunos mercados paralelos de reciclaje, sobre todo de papel, cartón, vidrio y aluminio, además la Ciudad de México cuenta con infraestructura: ocho plantas de composta, dos compactadoras, dos plantas de separación y dos estaciones de transferencia.

Estas jornadas apuntan a proponer un descrecimiento, esto es, procurar una relación de equilibrio entre el ser humano y la naturaleza, y establecer límites al crecimiento bajo el lema de vivir mejor con menos, es decir, con menos agua, energía, desplazamientos y consumos, lo que impactará en la escala de producción y, por tanto, en una mejora al medioambiente.

Finalmente, la especialista en estrategias para la innovación ambiental en sistemas complejos invitó a fomentar más la solidaridad en lugar de la competencia, que es lo que promueve el modelo neoliberal.

Desarrollan tecnosuelos para reverdecer la Ciudad de México

Con la idea de crear milpas urbanas, jardines y azoteas verdes, así como para hacer labores de revegetación y evitar inundaciones o encharcamientos en la Ciudad de México, investigadores de la UNAM desarrollan tecnosuelos, mezclas de residuos orgánicos e inorgánicos.

Los también conocidos como ‘suelos artificiales’ o ‘a la medida’, son producidos (mediante talleres de investigación con estudiantes) desde hace cinco años por integrantes del grupo de trabajo “Suelo y Ambiente”, del Instituto de Geología (IGL).

Actualmente, los universitarios prueban siete tecnosuelos, creados con diferentes combinaciones: por un lado, residuos orgánicos, como la composta proveniente de una de las plantas de la Ciudad de México; lombricomposta, en cuya producción se emplea la lombriz roja o californiana (Eisenia foetida); aserrín, que por su baja densidad favorece el crecimiento radical de las plantas; y biocarbón, obtenido por la descomposición térmica (pirólisis) de cualquier residuo orgánico y utilizado para mejorar las propiedades de los suelos.

Por el otro, residuos inorgánicos provenientes de excavaciones, construcciones y demoliciones, como trozos de ladrillos, concreto y muros, que son triturados para que puedan mezclarse con los primeros. Cada uno se comporta de distinta manera.

El suelo natural es un recurso no renovable a escala humana: la naturaleza tarda más de 400 años en formar un centímetro, incluso algunos requieren milenios. Para propagar plantas comestibles debe haber un suelo de, por lo menos, 35 a 40 centímetros de espesor, y crear uno artificial a partir de la mezcla de residuos orgánicos e inorgánicos lleva unos cuantos meses, expuso.

Antes de experimentar con suelos artificiales para cultivar en una milpa urbana maíz, frijol y calabaza, se hizo un inventario de desechos orgánicos e inorgánicos de la Ciudad de México. “Ya se tiene una lista y se han usado para ensayos a diferente escala: macetas, invernaderos y ahora a cielo abierto (milpa urbana), con las condiciones climáticas de la metrópoli”, indicó Blanca Lucía Prado Pano.

La investigadora, en colaboración con Lucy Mora Palomino y Víctor Manuel Peña Ramírez, ha propagado plantas de ornato (cempasúchil, cactus y siempreviva) y ha cultivado chile y jitomate, y sabe en qué suelos se produce mejor el fruto de la tomatera.

El año pasado, la milpa urbana de los especialistas cumplió un ciclo completo, y ahora llegará al segundo. En el primer ensayo, las mezclas de composta (35 por ciento) con trozos de madera (65 por ciento), y lombricomposta (35 por ciento) con trozos de madera (65 por ciento), fueron las que mostraron los mejores rendimientos; sin embargo, su composición orgánica les hace emitir cantidades significativas de dióxido de carbono.

Por ello, en el segundo ciclo añadieron biocarbón que, entre otras ventajas, tiene gran estabilidad a lo largo del tiempo. Un suelo artificial con lombricomposta (25 por ciento), biocarbón (20 por ciento), residuos de demolición (30 por ciento) y trozos de madera (25 por ciento) sería muy competitivo.

“Preparar suelos para cultivar plantas comestibles es lo más difícil. Si logramos obtener una producción importante, podremos tener la planta que queramos”, subrayó Peña Ramírez, experta en sustratos y propagación de plantas en viveros y posdoctorante en suelos artificiales bajo la dirección de Prado Pano.

El grupo de trabajo del IGL desarrolla suelos artificiales no sólo para promover la agricultura urbana, sino para regenerar jardines y construir nuevos parques, y para rehabilitar zonas contaminadas por la industria. “Nuestra finalidad es desarrollar tecnosuelos con un amplio espectro de usos”, reiteró Mora Palomino, responsable del Laboratorio Analítico de Suelos.

En las urbes muchos suelos se encuentran compactados, como si fueran de cemento; aquí, los artificiales pueden usarse para plantar árboles nativos y recuperar algunas funciones ecológicas, además de crear azoteas verdes y reverdecer zonas grises, detalló.

De acuerdo con Prado Pano, los tecnosuelos pueden diseñarse con desechos de la misma metrópoli, a la medida de una necesidad específica, como crear un corredor de polinizadores o desarrollar suelos con capacidad para amortiguar lluvias y favorecer la recarga de acuíferos.

De igual manera, los suelos artificiales evitaría el saqueo de “tierra negra” y “tierra de hoja”, que se venden en Xochimilco; asimismo, ayudarían a aprovechar los desechos de construcción, como el cascajo, que al tirarse a la intemperie y en canales naturales genera compactación, inundaciones o encharcamientos.

El grupo de trabajo del IGL pretende elaborar un manual en el que se establezca qué residuos orgánicos e inorgánicos se pueden utilizar, y en qué cantidades se debe mezclar para que aporten los nutrimentos requeridos por las plantas, tengan capacidad para captar agua de lluvia, no emitan demasiado dióxido de carbono y contribuyan a la reducción de la temperatura en el ambiente.

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