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DEBE FEMINICIDIO TIPIFICARSE COMO CRIMEN DE ODIO MISÓGINO

Debe feminicidio tipificarse como crimen de odio misógino
FOTO: Producciones y Milagros Archivo Feminista Photo VER FOTOGALERÍA
Alerta experta que si no se logra demostrar la intención del agresor al cometerlo, la tipificación de feminicidio en la Ley permite dejarlo sin castigo
17.07.2018 12.00 AM

El feminicidio debería tipificarse como homicidio y el odio misógino como agravante de gran severidad, sostuvo la doctora Martha Walkyria Torres Falcón, profesora-investigadora del Departamento de Sociología de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM).

Casi todas las mujeres “sabemos lo que es el acoso y el hostigamiento, aprendemos en la batalla a lidiar con ellos” y de ahí se pasa al nivel del tocamiento, que la cultura patriarcal redefine como el piropo táctil, para continuar en variadas formas de violencia sexual hasta llegar a los asesinatos con prácticas sumamente violentas, es decir, al feminicidio.

En México no fue sino hasta 2008 cuando se promulgó una ley sobre el derecho de las mujeres a una vida libre de violencia y se planteó por primera vez una legislación, después el feminicidio se tipificó como delito penal.

Sin embargo, dicha consideración no plantea el odio misógino como parte de la definición y si la conducta ilícita no se ajusta de manera precisa al tipo penal, es decir, si no se logra demostrar la intención del agresor, entonces se pierde efectividad, sostuvo al participar en las Jornadas de debate feminista contemporáneo Morir en México por ser mujer, realizadas en la Unidad Azcapotzalco.

Esta infracción no es un término que se haya acuñado recientemente, sino que se recuperó para dar cuenta de un asesinato de odio que se comete contra ellas por el hecho de ser mujeres, ya desde 1827 William McNash lo había utilizado en el texto Confesiones de un feminicida en el que aparecía ya la distinción del feminicidio cometido por un extraño y el perpetrado por un hombre con el que la víctima ha tenido una relación de intimidad.

En los años 80 del siglo pasado los movimientos feministas empezaron a trabajar el tema del acoso y hostigamiento sexual y la violencia en las relaciones de pareja, sin imaginar hasta dónde se extendería.

Primero se identificaban como mujeres golpeadas, luego como maltratadas para dejar claro que la violencia no se agota en los golpes y después se hablaba de la de tipo doméstica, poniendo énfasis en el espacio que redefine este fenómeno a tal grado que se mezcla con el amor, lo cual significa que el afecto y el maltrato coexisten en una relación en que ambos están enganchados.

Cuando este tipo de situaciones logra salir de la arena social para insertarse en las preocupaciones gubernamentales y en la agenda consecuente, entonces ya no se llama violencia doméstica, sino familiar, y el énfasis se coloca en la familia, no en las personas, no en los individuos que tienen derechos y que están por encima de cualquier grupo; con eso no sólo se dio una connotación ideológica, sino un giro en las políticas públicas y en su atención.

La académica recordó que en 1994 apareció por primera vez la noticia de una joven que había sido asesinada en Ciudad Juárez, Chihuahua, y para finales de la década había cientos de víctimas, la mayoría de ellas trabajadoras en la industria maquiladora y migrantes.

Estas mujeres no sólo habían sido asesinadas violentamente, sino que era una secuencia delictiva que empezaba con el secuestro, pasando por la violación repetida, la tortura, la muerte y el desmembramiento de los cuerpos; este patrón de criminalidad se fue moviendo de esa urbe hacia Durango y Sinaloa y, de manera prominente, al Estado de México, sobre todo al municipio de Ecatepec.

Todas las campañas de prevención de la violencia suelen estar dirigidas a las mujeres, por lo que es hora de que éstas sean encaminadas a quienes pueden detenerla, es decir, a los hombres que practican el acoso, la violación, la trata de personas y los feminicidios.

La licenciada en Sociología de la Unidad Azcapotzalco, Yared Neyli Morales Sosa, dio lectura a un poema sobre Ehécatl, deidad del viento que dio nombre a Ecatepec, donde se han llevado múltiples y atroces asesinatos contra ellas.

La también egresada de esa licenciatura, Karina Avilés Albarrán, ahondó en el grado de criminalidad contra las mujeres en ese municipio y sostuvo que las acciones de los gobiernos municipal y estatal al respecto no han dado resultados notorios.

Una visión cultural excluyente ocasiona violencia de género

La justicia asimétrica que ha persistido en México por la prevalencia masculina en cargos institucionales, que emiten opiniones legislativas en torno a obligaciones que la tradición ha atribuido a la mujer, ha ocasionado un aumento de agresiones contra ese sector de la sociedad y normalizado conductas tóxicas: celos, control, violación, tráfico de personas u homicidios, señala la doctora Aleida Azamar Alonso.

La académica de la Unidad Xochimilco de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) sostuvo que de acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) durante 2016 en el país 45 por ciento de las mujeres fue afectada por algún tipo de violencia de género, aunque la prevalencia nacional es que al menos 66 por ciento de las connacionales fue agredida.

En el artículo México, violencia de género y homicidios, la investigadora advierte que 43 por ciento de los criminales fue identificado como la pareja emocional, el porcentaje se eleva hasta 47 por ciento si se trata de relaciones de menores de edad y en el caso de las mujeres divorciadas el riesgo casi se duplica alcanzando 72 por ciento, aunque dicha medida se calculó para el año 2012, por lo que puede ser más elevada en la actualidad.

La docente del Departamento de Producción Económica dijo que desde 2007 se había observado que el índice de homicidios dolosos contra las mujeres había experimentado un descenso constante, al igual que en los cometidos contra varones, pero que luego comenzó a elevarse en 2008, pasando de un promedio nacional de entre uno y dos por cada cien mil habitantes a 33 en Chihuahua en 2010 y 17 en Colima en 2016.

Azamar Alonso refiere que lo anterior corresponde al marco de la guerra contra el crimen organizado desatado tras la estrategia política emprendida por el ex presidente Felipe Calderón Hinojosa en 2007 y, por otro lado, indica que la problemática se acentuó en 29 estados y, aunque con algunas variaciones, sugiere una probable estrategia de terror, sometimiento u otros intereses.

No obstante, la autora no descarta que el fenómeno también forme parte del riesgo global al que se enfrentan todas, ya que al realizar un comparativo entre naciones identificó, por ejemplo, que Guatemala es una de las más violentas del mundo, con una tasa de feminicidio de 2.5, al igual que El Salvador y Honduras.

Sobre lo anterior apunta que, si bien, la discusión política en varios países de Latinoamérica se ha pronunciado en favor de las familias no tradicionales, así como a la despenalización del aborto o el debate en torno a la legalización de algunas drogas, en realidad la protección a los derechos humanos de grupos marginados por cuestiones de género sigue manteniéndose como una tarea pendiente.

Ante esa realidad propone en primera instancia reconocer las dificultades históricas que ciertos individuos poseen debido a su género, raza y condición económica y sexual a causa de la asignación de roles realizada desde lo social para hombres y mujeres, lo que provoca una severa desigualdad.

La invisibilización de las mujeres se da a partir del establecimiento de múltiples responsabilidades que se predeterminan como propias, entre ellas el cuidado del hogar y la responsabilidad de la crianza de los hijos, es decir, la dinámica de trabajo de ellas se multiplica a medida que se profundiza en las labores que "les son naturales”.

Ese comportamiento generalizado la coloca en total codependencia del sexo masculino, lo cual se hace patente cuando se entrega a la maternidad y abandona toda ambición personal, dejando la carga económica al hombre, quien se convierte en una figura de superioridad económica y, por lo tanto, minimiza el valor de sus labores.

De este modo se constituye una suerte de justicia asimétrica persistente a través del tiempo, un elemento que debe modificarse urgentemente desde lo cultural a partir de lo que se concibe en el ambiente familiar, con el fin de construir un México más incluyente que evite cualquier tipo de discriminación y, en consecuencia, disminuya la inseguridad.

Las corrientes feministas brindan nuevos aportes al entendimiento de la vida social

El feminismo no tiene que ver sólo con la conquista de libertades y el reconocimiento de derechos de las mujeres, sino también con un cuestionamiento profundo de los fundamentos del propio mundo, sostuvo la doctora Silvia L. Gil en la Unidad Cuajimalpa de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM).

De hecho, “ya estamos asistiendo a una nueva visión de la realidad gracias a las miradas de los feminismos y no es una idea teórica ni una cuestión utópica, sino una extensión de esta corriente de pensamiento”, dijo al ofrecer la Conferencia Filosofía y feminismos. Desafíos para tiempos de crisis.

La académica del Departamento de Filosofía de la Universidad Iberoamericana afirmó que la redefinición del mundo es necesaria para salir de la crisis civilizatoria de valores asociados a una determinada idea de modernidad, desarrollo y progreso que han ido de la mano del capitalismo heteropatriarcal y racista.

Por ello es primordial vislumbrar qué fenómenos son clave para entender el mundo, es decir, “dónde estamos paradas, cuál es el diagnóstico, qué podemos hacer desde una mirada colectiva del mundo que habitamos” y reconocer algunos de los aportes de los feminismos para poder plantear los desafíos políticos.

Fenómenos como la precariedad laboral, la mercantilización de la vida, la incertidumbre existencial y las migraciones redundan en una característica clave del poder contemporáneo que es la intensificación de la vulnerabilidad de los cuerpos y el aislamiento de la vida, y puesto que todo esto es una imposición del neoliberalismo es preciso frenarlo y proteger a los colectivos más vulnerables.

Una de las lecciones de los feminismos es que lo político no tiene que ver con representaciones partidistas o con esferas gubernamentales, sino con “cómo nos hacemos cargo colectivamente de la vulnerabilidad de los cuerpos y de la capacidad de decidir juntos cómo queremos vivir”.

Una segunda enseñanza es un poco más filosófica y está vinculada con el significado del ser humano y del ser sujeto, el cual sólo puede conocerse a sí mismo a través de aquello que no es.

Es decir, “todo lo que somos en realidad está hecho también de aquello que no somos” y de acuerdo con Butler no hay una identidad plena, el sujeto no puede ser agente o autor de sí mismo puesto que está hecho de otras cosas que no es y que es la diferencia, y no la identidad, lo que le permite ser.

Una de las aproximaciones metodológicas centrales es la de las diferencias, ahora los movimientos sociales tienen que ser inclusivos e impedir que las diferencias se conviertan en desigualdad, si bien es cierto que cada uno necesita generar sus propios protagonismos, el desafío está en ser inclusivos.

Otra cuestión metodológica está relacionada con las politizaciones que deben verse más allá de las ideologías, como una práctica de lo concreto que sea capaz de tocar la vida, sacudir los cuerpos y hablar de problemas concretos.

La docente aseveró que “debemos situarnos en una realidad de interdependencia y de relaciones materiales e inmateriales que nos constituyen y nos sostienen mediante grupos sociales”, unos que se desligan de esa realidad de interdependencia porque se saben capaces de ser autosuficientes y autónomos, y otros que están obligados a resolver las situaciones de interdependencia de la vida.

Los aportes feministas ofrecen herramientas vastas para pensar en un nuevo orden social que forje una capacidad o sensibilidad con el fin de poder enfrentar colectivamente las situaciones comunes y para “atrevernos a imaginar cómo queremos que sea esa vida a partir de otros criterios éticos y políticos capaces de reconstruir nuestros vínculos sociales”.

“Durante 2016, 45 por ciento de las mujeres fue afectada por algún tipo de violencia de género, aunque la prevalencia nacional es que al menos 66 por ciento de las connacionales fue agredida.”

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