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ESPERA CONFLICTO CHINA-EU UN NUEVO BALANCE DE PODER

Espera conflicto China-EU un nuevo balance de poder
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El gran reto es el acomodo de dos superpotencias y las convulsiones que el mundo presencia son producto de la resistencia estadunidense a reconocer la realidad
26.11.2021 12.00 AM

El desenlace del conflicto entre Estados Unidos y China no sólo es competencia de las altas esferas donde se toman las decisiones cruciales, sino que es un asunto que compete a toda la humanidad, puesto que se juega el futuro del mundo. Si en el pasado la instauración de un nuevo poder mundial significaba la mortandad por millones, irónicamente el escenario es diferente. La interconectividad del mundo es tan elevada que se desvanece la posibilidad de extender el poderío de una sola potencia. El gran reto es el acomodo de dos superpotencias y las convulsiones que presenciamos son producto de la resistencia a reconocer la realidad.

Tecnología, industria y mercados en la confrontación Estados Unidos-República Popular China, de Miguel Ángel Rivera y Josué García, expresa que en menos de dos generaciones la República Popular China se convirtió en una superpotencia industrial y en la segunda economía del mundo. Las cadenas globales de valor transformaron a la economía china y ésta a su vez las transformó, produciendo un cambio en la estructura mundial. La simbiosis económica con Estados Unidos (EU) ha sido el eje de esos procesos, en torno a los cuales concurre la codependencia tecnológica, la aceleración de la innovación a través del diseño modular y la formación de mercados globales de tecnología. El pasaje a la etapa de bajo crecimiento mundial puso en tensión la referida relación, poniendo al descubierto la desconcentración de la hegemonía estadounidense. Estas tensiones han transformado la relación conductiva en un conflicto entre ambas superpotencias. El motivo real de dicho conflicto es la resistencia de EU a adaptarse a las implicaciones de la presencia china en el mundo. Desde 2017 el gobierno de Estados Unidos (EU) emprendió acciones contra la República Popular China, primero de tipo comercial, pasando después a una ofensiva de carácter general.

Por medio de órdenes ejecutivas se han restringido y/o bloqueado las actividades de empresas chinas en territorio estadounidense, ordenando a las corporaciones suspender operaciones; presionando a la vez a gobiernos de países aliados para que lleven a cabo acciones similares. La justificación oficial fue cambiando para centrarse en una posible amenaza militar sustentada en la adquisición ilegítima o ilegal de tecnología.

Al principio, cuando el entonces presidente Donald Trump denunció prácticas desleales que dijo contribuyeron a elevar el déficit comercial, el objetivo parecía claro: quebrantar el llamado mercantilismo chino, regresar los empleos “exportados” y restituir su industria manufacturera. Sin embargo, cuando las medidas se recrudecieron hasta la llamada guerra tecnológica, el objetivo estratégico anunciado se volvió confuso y contradictorio.

Lo fulminante de la ofensiva y la confusión que la rodea ha alentado a especialistas, observadores y comunicadores a formular diversas interpretaciones. Podemos distinguir tres variantes: 1) destinados a la guerra: China desafía la hegemonía estadounidense, quedando ambos países encaminados a un conflicto máximo (Allison; Beckley); 2) el llamado imperativo tecnológico: el líder global toma acciones preventivas contra el supuesto retador, intentando cerrar las vías que eleven sus capacidades tecnológicas (Kennedy y Lim; Lim; Boustany y Friedberg) y 3) el agotamiento de las ventajas económicas derivadas de la integración de China a la economía global (McKinsey Global Institute; Li y Ting-Fang). La primera y segunda interpretaciones pertenecen al mismo planteamiento. La tercera implica la denuncia del llamado tecno-nacionalismo chino (Kennedy).

La variante tres y sus extensiones ganan terreno y se le conoce como de “desacople” o desarticulación. En su versión radical se formula un escenario en el cual las potencias occidentales más Japón rompen los lazos económicos con China; en otras versiones el desacople es parcial, pero la lógica de la ruptura sugiere que es una antesala del desacople total. En torno al desacople, McKinsey Global Institute afirma: China y el resto del mundo parecen estar revaluando sus relaciones. En el resto del mundo, en particular los países avanzados, las consecuencias no previstas de la globalización y la desigual distribución de los beneficios son tópicos de discusión, y en EU hay preocupación del ‘shock chino’, que se ha llevado los empleos manufactureros. Varios de los principales países están emitiendo legislaciones que hacen que los acuerdos de inversión extranjera, sobre todo los que involucran tecnología de valor estratégico, se sometan a revisión. Lo anterior presagia un moderado desacople entre China y el mundo. Sin embargo, el desacople total no es inevitable.

Es un escenario inquietante, pero hay un motivo adicional de preocupación: la globalización aparece como una cuestión de estrategia, donde los participantes entran o salen cuando convenga a sus intereses. La noción básica de la globalización, como cambio histórico en la estructura del capitalismo, queda diluida. Las repercusiones del desacople, de acuerdo con McKinsey Global Institute, serían meramente pérdida de negocios y de ingresos empresariales.

El problema de este disímil diagnóstico es la falta de precedentes y de referentes. Nunca en la historia del capitalismo se había constituido una potencia económica en un tiempo tan corto, en una interacción “amigable”, siguiendo las reglas de gobernancia global instituidas por los principales poderes mundiales y en interrelación estrecha con la potencia líder (a diferencia de la extinta Unión Soviética). China presenta, además, ciertas especificidades, pues difiere, por ejemplo, de Japón, que se convirtió en las décadas de 1970 a 1990 en retador tecnológico de EU; es obviamente distinta a la Alemania de las dos guerras mundiales.

El ascenso de China a un estatus de poder global difícilmente puede ajustarse al patrón de transición hegemónica que ha prevalecido en los últimos 500 años, y que es analizado por Modelski. El ascenso de China forma parte de una nueva estructura de poder global, cuyas primeras manifestaciones aparecieron en la década de 1980 cuando EU se enfrentó a la realidad de una capacidad industrial debilitada, viéndose forzado a negociar los términos de la gobernanza global con las potencias europeas.

Entonces, el problema central en la actualidad es de coexistencia y de un nuevo balance de poder, lo que en ciertos aspectos puede ser más difícil de aceptar por el país líder que la confrontación y la guerra del pasado. En este contexto, clarificaremos los alcances de la transformación de China en potencia industrial y tecnológica, su modalidad de interacción en el sistema mundial, su relación con las potencias capitalistas y, finalmente, cuáles fueron las implicaciones para el sistema mundial en su conjunto.

Nuestra hipótesis es que, dado el papel que ha jugado China en la economía global, el desacople que anticipan diversos observadores representa sobre todo una desestructuración de la modalidad vigente de acumulación de capital, siendo a la vez una regresión en la división global del trabajo y en la dinámica del cambio tecnológico. En tal sentido, el avance ulterior del capitalismo se vería frenado y lo que resulte de la segmentación del geoespacio se contrapone a la meta capitalista fundamental de universalizar sus relaciones de propiedad.

La participación de China en las cadenas globales de valor (cgv) ha creado una nueva realidad puesto que ha redefinido la organización, la logística, la estructura de costos, la oferta y el ciclo de modelos, la velocidad de entrega y la relación con proveedores de la manufactura, creando un nuevo polo de la división global del trabajo, equivalente al que forman otras industrias, por ejemplo, las de alta tecnología o las finanzas. Es dudoso que los promotores del desacople dispongan de recursos para duplicar numerosos sectores y subsectores que ahora dominan las empresas chinas, y que adicionalmente usen ese medio para recuperar empleos, abasteciendo mercados de menor escala.

Para fundamentar la hipótesis, en el apartado 2 se examina el papel de China en la expansión geoespacial del capitalismo y las principales repercusiones en la producción global integrada. En el apartado 3, partiendo de la simbiosis entre la economía de EU y la de China, se refiere a lo que Breznitz y Murphree llaman “nueva dependencia” tecno-productiva entre países e industrias que forman parte de las cgv. Finalmente, en el apartado 4 analizaremos las implicaciones para ambas potencias del pasaje al estancamiento económico global y la crisis social en EU, para discutir brevemente su papel como proveedor del orden global.

Como conclusión: hegemonía global y estabilidad capitalista. EU como bajo proveedor de orden global

Modelski distingue cuatro fases en el ciclo de poder global que se han presentado de manera regular en la historia del capitalismo. La variable relevante es la oferta/demanda de orden o estabilidad global. La fase 1 corresponde a la gestación del conflicto político que puede adoptar posteriormente la forma de guerra global. En él, la demanda de orden es elevada, pero la disponibilidad es baja debido a las condiciones de desorientación y desorden mundial.

La fase 2 resuelve el desequilibrio mediante una decisión sistémica y una prueba mayor de fuerza (la guerra global) que implica elevar la oferta de orden a un alto nivel. Ese orden es producto del emergente liderazgo global. No obstante, la alta prioridad al orden se deteriora en función de la consecución del objetivo antitético como son la experimentación y el desarrollo, e incluso la especulación; sigue la fase 3, que es de deslegitimación, pues la demanda o preferencia por el orden declina. La baja demanda de orden induce una declinación de su oferta y el sistema llega a una situación de desconcentración, o fase 4. En esa última, tanto la demanda de orden como su oferta llevan al punto más bajo.

Pensemos ahora en la situación de EU. Cabe precisar primero que siendo Estados Unidos el líder global no ejerce en la actualidad su hegemonía y brinda orden de la misma manera que lo hizo en la edad de oro (1950-1973). Después de 1973, como parte del pasaje a la deslegitimación, debió coordinar sus acciones con las otras potencias capitalistas que conforman el G-7 (véase Dicken). Este nuevo estatus se entendió interpretado por algunos autores como equivalente a una multipolaridad, siendo Alemania y Japón dos polos, que han equiparado su poderío industrial al de EU No es así, esas dos potencias tienen una posición subalterna en el nuevo paradigma tecnológico y son naciones sin ejército o receptoras de bases militares estadunidenses. EU tiene poder de veto, pero no puede actuar solo.

Con esa salvedad, todo indica que su liderazgo se encuentra entre la fase 3 entrando a la 4. La cuestión relevante no es la emergencia de un retador que reclama el cetro, sino que el líder no está en condiciones de proporcionar el orden que requiere el sistema global. Recordemos que la demanda de orden es baja en la fase 3 y 4 debido a las condiciones creadas específicamente por el estancamiento global y por la polarización social de EU.

La desconcentración del poder global estadounidense se magnifica por su incapacidad de conducir estratégicamente la relación con la potencia ascendente, China, cuya inserción ha provocado un cambio estructural en la economía mundial. La débil actuación de las autoridades estadounidenses propicia el aumento de la ciber criminalidad y posterga el acuerdo de estándares digitales, así como la regulación global del gran capital tecnológico.

Lo anterior indica que el establecimiento de una nueva estructura de poder global difiere de experiencias anteriores en varios aspectos cruciales; antes el retador había alcanzado capacidad tecnológica y militar para desafiar al líder. En nuestros días, el retador (China) no ha logrado la equiparación tecnológica con EU, pero su incidencia en el mundo ha cambiado los patrones de funcionamiento, profundizando y llevando en nueva dirección el cambio mundial.

Ante el creciente deterioro social derivado del pasaje a un periodo prolongado de bajo crecimiento mundial se produjo una escisión del bloque de poder estadounidense (véase Chesnais; también Giridharadas y Philippon). Al lado de la oposición de la América corporativa se dio una rebelión de los sectores ultranacionalistas, ganando la iniciativa bajo la presidencia de Trump.

“El pasaje a la etapa de bajo crecimiento mundial puso en tensión la referida relación, poniendo al descubierto la desconcentración de la hegemonía estadounidense.”

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